Cuando el mundo descubrió que los rusos son humanos

Cuando el mundo descubrió que los rusos son humanos
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Cinco décadas de guerra fría fueron más que suficientes para que el cine de Hollywood construyera una imagen hostil e intimidante de los rusos, una población que fue caracterizada en las pantallas como malvados, fríos y calculadores, espías todos de profesión y de alma sanguinaria, personas poco confiables con un acento intimidante y cuyo único propósito al mejor estilo de “Pinky y Cerebro”, era conquistar el mundo. Desde la perestroika de Mijaíl Gorbachov y la caída del muro de Berlín en la década de los 90, la Unión Soviética se disolvió y Rusia se convirtió en una nación capitalista, no obstante, el imaginario quedó grabado intacto en muchas generaciones e incluso algunos libretistas de Hollywood, pareciera que nunca se enteraron de estos hechos y siguieron reproduciendo el mismo estereotipo hasta el día de hoy, reforzado por demás con la figura de un presidente cuasi “eterno”: Vladimir Putín, militar, espía, machista, frío y calculador, que poco ayuda a remover este imaginario global.

 

En las últimas semanas algo cambió, un mundial de fútbol trasmitido en 4k para todo el planeta, miles de viajeros visitando las 11 ciudades anfitrionas y sus sitios de interés colindantes, periodistas de todo el planeta haciendo crónicas e informando desde el país geográficamente mas grande del mundo, agencias de noticias produciendo información en tiempo real, una impecable logística y una gran estrategia comunicacional del gobierno, marcaron la diferencia: El mundo se dio cuenta que los rusos respiran, comen, ríen y lloran, sufren, trabajan y luchan por sus sueños, pagan impuestos y tienen hijos, algunos critican su gobierno y otros lo respaldan, unos son millonarios y otros pobres, pero lo más importante: la mayoría ni son espías, ni militares, ni mafiosos y al igual que el resto de la humanidad lo único que quieren es luchar por sus metas y además pueden ser amables, simpáticos, hospitalarios, en muchos casos cálidos y serviciales, en otras palabras, son seres humanos como el resto de la humanidad.

 

Hollywood no solo es la industria cultural más potente y rentable del mundo, es también un instrumento que ha servido para construir globalmente imaginarios, para homogenizar percepciones y conceptos, para vender una postura social respecto de la geopolítica global, una mirada en la que por demás todos los latinoamericanos somos representados en el estereotipo mexicano, pues desde la Patagonia hasta Tijuana escuchamos rancheras, vivimos rodeados de gallinas, montamos en caballo dando tiros al aire, nuestro libertador fue pancho villa, comemos enchiladas, tacos y frijoles refritos, nuestras casas son chozas, no tenemos una sola avenida pavimentada, nuestra única diversión es emborracharnos en tabernas de mala muerte y todas las mujeres se llaman María. Posiblemente las dos únicas naciones que tienden a diferenciarse desde la hegemonía audiovisual hollywoodense son Colombia y Brasil, pues en el primero queda claro que todos son Narcos y adoran a Pablo Escobar y en el segundo todos viven en Río ya sea en favelas o cerca del cerro del corcovado junto al cristo redentor.

 

¿Cómo superar la visión cultural hegemónica construida por Hollywood sobre nuestra región?

 

Sin duda los contenidos culturales producidos industrialmente son la mejor estrategia, idealmente la literatura, los libros y textos liberan la mente, producirlos sirve por demás para visibilizar y hacer digerible la producción académica, sin embargo una muy pequeña minoría los lee y en cambio una inmensa mayoría se guía es por los contenidos audiovisuales y no solo ocurre con los ciudadanos rasos, incluso ocurre con muchos gobernantes, un ejemplo claro es el actual presidente de los Estados Unidos, un hombre cuya cultura general se ha construido consumiendo televisión y en consecuencia quiere levantar un muro para que “Los Mexicanos” desde la Patagonia hasta Tijuana, no sigan invadiendo su país.

 

América Latina necesita producir mucho más cine, televisión y contenidos audiovisuales de gran calidad y en gran cantidad, para contarle al mundo que no solo escuchamos rancheras, que tenemos cumbias, pasillos, tangos, samba, bossa nova, reggae, joropos, calipsos, yaravís, morenadas, murgas y que en Perú se comen los mejores ceviches del mundo, que en Bolivia existe un lago a más de cuatro mil metros de altura con flamingos rosados y que estas particulares aves no solo habitan el estado de la florida, que Brasil posee una de las mayores biodiversidad del planeta, mucho más que la de Estados Unidos y que al igual en Estados Unidos, Argentina se consolidó como nación gracias a una diversa migración Europea, que en Paraguay existe una hidroeléctrica mucho más grande y potente que la presa Hoover y lo más sorprendente de todo, no todos los colombianos son narcos y no alcanzan a consumir ni el 10% de la cantidad de drogas que consumen los norteamericanos. (Cifras oficiales de consumo global de narcóticos de UNODC).

 

¿Cómo fortalecer las industrias culturales audiovisuales en Latinoamérica?

 

Todo comienza con una robusta financiación público – privada, que permita formar y posteriormente producir los contenidos que nuestra región necesita, preferiblemente a través de fondos concursables. El mecanismo más justo para obtener los recursos es mediante una contraprestación proporcional a la invasión cultural de contenidos internacionales, ya sea con impuestos a la salas de cine (varias leyes de cine así lo prevén) o como mecanismo de contraprestación en sistemas de distribución, es decir, todo aquel que distribuya y obtenga beneficios económicos con contenidos audiovisuales internacionales, debe pagar una contraprestación económica que sirva para financiar las industrias audiovisuales locales, algo que ya existe en muchos de nuestros países para las compañías de televisión por suscripción (Argentina, Brasil y Colombia) y que se hace muy urgente implementar también para las plataformas OTT como Netflix, Amazon, Hulu, Claro Video, Cracken, etc y no se trata solamente de los impuestos corrientes como el IVA, los cuales por demás deben direccionarse a estos propósitos, sino de contrapartidas adicionales que compensen la injerencia sobre la soberanía cultural.

 

Las industrias culturales deben fortalecerse desde una verdadera visión de industria, no de microempresa digital, sino de grandes emprendimientos, con enormes presupuestos, que permitan competir con los mismos efectos especiales de Hollywood, con la misma puesta en escena de actores, con la misma calidad de guionistas y con equipos de última generación, con las mejores máquinas para la posproducción, es decir, crear historias que se puedan insertar en la cadena de valor del audiovisual global y representar con los más altos estándares de calidad, nuestra idiosincrasia.

 

En el caso de las plataforms OTT se deben fijar cuotas mínimas de contenidos nacionales en la oferta total de programación y especialmente en los entornos de acceso tal y como lo votará en septiembre el parlamento europeo en su nueva directiva audiovisual, buscando proteger la oferta de contenidos locales. No es justo que solo los operadores de Televisión por suscripción sean los que aporten al fortalecimiento de las industrias culturales audiovisuales en América Latina y carguen con las obligaciones de distribuir señales locales,  es por demás necesario hacerles un reconocimiento, pues gracias a ellos en las últimas décadas la televisión pública de muchos de nuestros países se ha fortalecido y es también gracias a sus aportes que ha sido posible que en nuestro continente se hayan financiado grandes proyectos audiovisuales que han triunfado en festivales internacionales, lo más justo con la industria de la televisión por suscripción, es equilibrar el mercado, obligando a que las plataformas OTT de manera proporcional paguen contraprestaciones y dejen de operar sin ningún tipo de control ni regulación.

 

Adicionalmente, es necesario que los líderes de la región (especialmente reguladores y ministros) comprendan la importancia de las industrias audiovisuales, pues la mayoría de ellos oscila entre el total desconocimiento de estos temas y su libidinoso fetiche por la infraestructura y otros aparentando ser un poco más sofisticados y conocedores, promueven el microempresarismo digital a través de la homogenización del software como único producto digital posible para ser desarrollado por nuestros ciudadanos, vendiendo por demás la idea de que la Televisión ha muerto, condicionando una visión hegemónica del software en las industrias culturales nacionales, mientras la invasión de producciones audiovisuales globales sigue creciendo de forma desbordada.

 

En conclusión, América Latina requiere fortalecer sus industrias culturales audiovisuales, promoviendo la creación de contenidos en mayor cantidad y de mucha mejor calidad, que representen de forma adecuada nuestras realidades, financiando estos contenidos mediante fondos concursables transparentes, abiertos, plurales y muy competitivos. Lo anterior se logra siempre y cuando exista una estricta política fiscal de contraprestaciones, la cual se tiene que aplicar proporcionalmente a todos los agentes del mercado que participan del negocio de la distribución de contenidos internacionales y no solamente los operadores de televisión por suscripción que no aguantan más solos con esta carga fiscal.

 

Es muy urgente que los gobiernos regulen a las plataformas OTT como Netflix, Amazon, Hulu y Claro video, obligándolos a pagar impuestos y contraprestaciones y es fundamental que promuevan las cuotas mínimas de contenidos nacionales en sus ofertas de programación.

 

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