EL IMPACTO QUE TRAERÁ EL 5G A LAS TELECOMUNICACIONES

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Hace apenas cuatro años que emergió la tecnología LTE como una de las grandes revoluciones del Internet y la telefonía: el 4G, la cuarta generación que revolucionó y potenció significativamente la conectividad entre los usuarios de dispositivos móviles. A pesar de que dicha tecnología lleva muy poco tiempo en el mercado y de que incluso las principales compañías prestadoras de sus servicios aún no logran recuperar los costos de la inversión, todo parece indicar que, en menos tiempo de lo esperado, avanzaremos al 5G como estándar global de telecomunicaciones móviles.

Con 5G nos referimos a una quinta generación de tecnologías inalámbricas y móviles, un conjunto de protocolos, dispositivos y estándares que deberán definir una red móvil mucho más veloz, estable y con menos latencia, apta no solo para el mundo de la hiperconectividad por Internet sino también para el emergente ecosistema del Internet de las Cosas.

La primera de las cinco generaciones fueron los teléfonos análogos. La segunda, la digitalización y la posibilidad de enviar mensajes de texto. La llegada del 3G implicó ajustes para lograr una mayor velocidad y ancho de banda, además de protocolos ampliados que permitieron transmitir formatos como el HTML.

El 4G se mostró como una ampliación de capacidad más que de aplicaciones, pero tuvo gran efecto comercial y de mercadeo. Si bien, como explica Brad Burke, de Digital Trends, mucha redes que hoy se ofrecen como 4G son simplemente una versión mejorada de una red 3G, 4G aumentó mucho las capacidades tanto en redes como en dispositivos, con el objetivo de llegar a velocidades de descarga de 100 megabytes por segundo, y permitió la llegada al móvil de una verdadera era del video web y el streaming.

La tecnología, o mejor dicho, la metodología característica de desarrollo de dispositivos y aplicaciones 4G es conocida como LTE, Long Term Evolution, un nombre bastante ambicioso que bien representa el sueño de una conectividad que parezca ilimitada.

Y es precisamente ese el ánimo de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (ITU) con promover el 5G: una velocidad radicalmente mayor (buscará alcanzar un promedio de mínimo 1 gigabyte por segundo) permitirá una explosión en los servicios derivados del Internet de las cosas. Este paradigma supone que todo objeto físico que pueda conectarse a un sensor es susceptible de estar conectado a internet y manejarse de forma remota vía web.

Las increíbles aplicaciones que este paradigma implica —desde casas inteligentes hasta control remoto de procesos industriales— exigen una enorme capacidad de ancho de banda en las redes. Que usted pueda apagar el gas o cerrar una puerta de su casa mediante una aplicación solo será funcional si hay una red con buena capacidad.

Otra exigencia del paradigma es una baja latencia, lo más próximo posible al tiempo real. Esta es condición para el desarrollo de los ambiciosos proyectos de autos inteligentes, que no requieren conductor humano. La interacción de ese auto con todos los cercanos y con las redes de tráfico y clima para evitar un accidente exige inmediatez, como señala Sascha Segan, de la revista PCMag.

Tanto la capacidad como la baja latencia son las grandes promesas del 5G, cuyas tecnologías y protocolos aún están por afinarse y definirse. Por ahora, grandes compañías como AT&T y Hyunday han anunciado que ya están desarrollando sus soluciones 5G, en espera de implantar el próximo estándar.

Para las compañías de telecomunicaciones medianas y pequeñas, todo este movimiento es de suma importancia, pues significará más opciones para competir en el mercado. Incluso la posibilidad de ofrecer planes virtualmente ilimitados a buenos precios convierte al 5G en una promesa y en un desafío.

Aunque lo anterior reviste una gran oportunidad de desarrollo para la región y las telecomunicaciones, la tecnología 5G podría convertirse en una espada de Damocles para el sector. Por un lado, demandará una gran inversión en tecnología que entraría a sumar a los costos aún no recuperados en los sistemas LTE. Por otro lado, su gran capacidad y velocidad de transmisión podría terminar suplantando muchos de los servicios de banda ancha domiciliarios.

Ese es el panorama que requiere más atención. En un ecosistema tecnológico así, los usuarios preferirán comprar paquetes robustos móviles que le otorguen acceso global a Internet para todas sus necesidades laborales y domésticas, evitando pagar doble por el servicio de acceso. Esto, sumado a los servicios OTT de video, podrían agotar los modelos de acceso cableado y domiciliario ofrecido actualmente por los proveedores mediante el N-PLAY, y a la vez podría aumentar dramáticamente la concentración y las posturas monopólicas en el mercado de las Telcos, en claro detrimento de los pequeños, medianos e incluso algunos grandes operadores de servicios domiciliarios.

Lo anterior no solo representa una amenaza para las Telcos tradicionales, sino para los mismos usuarios que, de llegar a darse dicha concentración, quedaríamos dependiendo de redes inalámbricas que a su vez dependen del espectro radioeléctrico. Este, como es sabido, es limitado en su capacidad y su estabilidad depende de muchos factores externos, como el clima, los fenómenos naturales e incluso el mismo ruido o invasión de frecuencias que puedan generar otros servicios inalámbricos.

Los expertos dicen que aún falta tiempo, pues las versiones piloto de la tecnología solo estarán listas para 2019 o 2020. Pero todos en el sector de las telecomunicaciones saben que, en cuanto a tecnologías, dos años son un instante. Por tanto, es necesario comenzar a plantear las contingencias de mercado, inversión y tecnología, para poder mantenerse a flote y aprovechar esta renovación en vez de ser perjudicados por ella, pues todo parece indicar que la próxima década será la del 5G.

 

Por:

GABRIEL E. LEVY B.

SERGIO ANDRÉS URQUIJO

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