Un artículo reciente publicado por la revista especializada del MIT: technology review, editorializado por Nathan Smit, escritor y analista de muchos medios en Estados Unidos, plantea una pregunta tan llamativa como compleja:
¿es posible arreglar internet?
No se trata de una caída del sistema, sino de una reflexión sobre cómo afrontar los efectos negativos que la red podría estar generando en la sociedad actual.
Una red que se desvirtuó por completo de su idea original
Por: Gabriel E. Levy B.
Lo que comenzó como un ensayo académico para interconectar computadoras terminó convirtiéndose en la estructura invisible que soporta gran parte de la vida contemporánea.
Sin embargo, también dio lugar a una paradoja perturbadora: la red que aspiraba a democratizar el conocimiento y acercar a las personas hoy divide y supervisa.
La mayor parte del video, el comercio, el debate público y la vigilancia circulan por sus canales, pero el control central permanece concentrado en muy pocos actores.
Desde algoritmos diseñados para generar adicción hasta prácticas abusivas por parte de las aplicaciones, pasando por la explotación masiva de datos y la desinformación, hoy internet puede resultar un espacio riesgoso.
Tres figuras influyentes el pensador asociado al concepto de «neutralidad de la red», una exalta ejecutiva de Meta y el creador de la web han propuesto una serie de soluciones bastante radicales para enfrentar este problema. Soluciones que ha retomado recientemente Nathan Smit en una publicación de MIT: technology review.
La cuestión es si realmente son las personas indicadas para hacerlo. Aunque cada uno demuestra convicción e incluso creatividad, sus propuestas presentan vacíos importantes.
En The Age of Extraction: How Tech Platforms Conquered the Economy and Threaten Our Future Prosperity, Tim Wu sostiene que un pequeño grupo de empresas tecnológicas concentra un poder excesivo y que, por ello, debería fragmentarse.
Wu, profesor reconocido de la Universidad de Columbia (Nueva York, EE. UU.) y divulgador de la idea de que un internet libre exige que todo el tráfico sea tratado de la misma manera, considera que los marcos legales existentes en especial las leyes antimonopolio son el mejor camino para lograrlo.
Al unir teoría económica con la historia digital reciente, Wu explica cómo las empresas tecnológicas pasaron de ofrecer servicios a los usuarios a extraer valor de ellos.
Sostiene que la incapacidad colectiva para dimensionar su poder solo ha impulsado su crecimiento, desplazando competidores en el proceso.
Afirma que la utilidad y comodidad de estas herramientas es precisamente el gancho que emplean las compañías para retener a los usuarios. “El deseo humano de evitar el dolor y la incomodidad innecesarios”, escribe, puede ser “la fuerza más poderosa que existe”.
Menciona los “ecosistemas” de Google y Apple como ejemplos, mostrando cómo la integración total de servicios puede generar dependencia.
Para Wu, esto no es negativo por sí mismo. La facilidad con la que Amazon permite consumir contenido en streaming, comprar en línea u organizar la vida diaria tiene beneficios claros.
Para Nathan Smith, Sin embargo, cuando empresas como Amazon, Apple o Alphabet logran imponerse sin permitir la entrada de nuevos competidores, el resultado es una “dominación industrial” que para Wu necesita ser reconsiderada.
Para Smith las soluciones que Wu propone y que parecen más viables por apoyarse en políticas económicas y marcos legales ya existentes, incluyen la aplicación de leyes federales antimonopolio, topes a las ganancias que limiten lo que las empresas pueden cobrar a los consumidores y restricciones por sectores que impidan a las compañías operar en determinadas áreas.
Un modelo que parece ser muy similar a los propuesto en los marcos regulatorios de la Unión Europea, pero que como lo ha demostrado en estos países, tiene un muy fuerte impacto en la innovación.
Wu afirma que las normas antimonopolio y de competencia son las herramientas más efectivas disponibles, recordando que ya se han utilizado con éxito contra empresas tecnológicas en el pasado.
Cita dos casos emblemáticos: el proceso antimonopolio contra IBM en los años sesenta, que fomentó la competencia en el mercado del software y facilitó el surgimiento de compañías como Apple y Microsoft; y el caso de AT&T en 1982, que fragmentó el monopolio telefónico en varias empresas más pequeñas.
En ambos escenarios, la separación entre hardware, software y servicios derivó en mayor competencia y más opciones para el público.
Para Smith, la duda es si estos antecedentes sirven realmente para anticipar lo que ocurrirá en el futuro. No está claro que estas leyes funcionen igual en la era de las grandes plataformas digitales.
El caso antimonopolio de 2025 contra Google, en el que un juez determinó que la empresa no debía desprenderse de su navegador Chrome, evidenció los límites del derecho para enfrentar a las tecnológicas.
Algo similar ocurrió con el caso de Microsoft en 2001, que no logró separar el navegador del resto de la compañía. Wu evita referirse a este último para defender hoy la acción antimonopolio.
Una mirada totalmente diferente
Nick Clegg, hasta hace poco responsable de asuntos globales de Meta y ex viceprimer ministro del Reino Unido, adopta una posición opuesta a la de Wu. Considera que dividir a las grandes tecnológicas sería un error que perjudicaría la experiencia de los usuarios en internet.
En How to Save the Internet: The Threat to Global Connection in the Age of AI and Political Conflict, Clegg reconoce el dominio que ejercen las grandes plataformas sobre la red, pero cree que las sanciones legales, como las leyes antimonopolio, resultan contraproducentes.
A su juicio, estos problemas deberían abordarse mediante regulación, por ejemplo, estableciendo normas sobre el tipo de contenidos que pueden difundir las redes sociales. Cabe recordar que Meta enfrenta su propio proceso antimonopolio relacionado con la compra de Instagram y WhatsApp.
Clegg sostiene además que Silicon Valley debería liderar su propia transformación. Afirma que promover la transparencia “abrir los libros” y reconocer abiertamente el poder de decisión frente a los usuarios tiene más posibilidades de restablecer cierto equilibrio que recurrir de inmediato a acciones legales.
Sin embargo, no faltan razones para el escepticismo frente a un exejecutivo de Meta que trabajó estrechamente con Mark Zuckerberg y que, aun así, no logró impulsar esos cambios desde dentro.
El análisis de la revista del Mit que hace Smith, se concentra en evidenciar que en su libro apenas menciona algunos escándalos, como el de Cambridge Analytica en 2016, pero evita abordar otros igualmente relevantes. Por ejemplo, critica la “fragmentación” del internet global, sin reconocer el papel que Facebook ha tenido en ese proceso.
Para Smith, Clegg afirma que dividir a las grandes tecnológicas mediante leyes antimonopolio frenaría la innovación y “ignora por completo los beneficios que los usuarios obtienen de las redes”.
Según él, las personas permanecen en estas plataformas porque encuentran allí “la mayoría de lo que buscan”, ya sean amigos, contenidos o productos económicos en sitios como Amazon o eBay.
Según Smith, Wu podría aceptar parcialmente este argumento, pero no coincidiría con la idea de que mantener el estado actual beneficie realmente a los usuarios.
Clegg insiste en que “la lógica tradicional del derecho antimonopolio no funciona” y cree que una regulación más moderada puede reducir los riesgos de las grandes tecnológicas sin sacrificar la experiencia del usuario.
Clegg considera que muchas obligaciones tecnológicas impuestas a nivel nacional, como la reciente prohibición en Australia del uso de redes sociales por menores de 16 años, responden a mitos y temores sobre el impacto de la tecnología.
Sostiene que estas normas suelen ser ineficaces y distorsionan la percepción pública de las redes sociales.
Aunque su argumento tiene algo de razón, resulta poco convincente leer a un exdirectivo de Facebook rechazar el determinismo tecnológico cuando muchos han sido testigos del daño que estas plataformas pueden causar.
En todo caso, la postura defensiva de Clegg frente a las redes sociales difícilmente conectará con los usuarios.
Hace énfasis en la responsabilidad individual y asegura que Meta no busca que las personas permanezcan indefinidamente en Facebook o Instagram: “El tiempo que pasas en la aplicación en una sola sesión no es tan importante como lograr que regreses una y otra vez”.
Afirma que las plataformas pretenden ofrecer contenido “significativo”, y no solo “un estímulo momentáneo de dopamina”, aunque esta afirmación resulta poco creíble.
Más que dividir a las grandes tecnológicas, Clegg propone impulsar una transparencia total, ya sea de forma voluntaria o con apoyo de legisladores federales.
También plantea que las plataformas involucren más a los usuarios en sus procesos de gobernanza, por ejemplo, mediante foros comunitarios, y que les otorguen mayor control y conocimiento sobre el uso de sus datos.
La mirada de un viejo conocido en Internet
En este punto coincide con Tim Berners-Lee, creador de la web, quien propone una reforma técnica concreta para lograrlo. En su libro This Is for Everyone: The Unfinished Story of the World Wide Web, Berners-Lee reconoce que su idea original de una web abierta, colaborativa y descentralizada está muy lejos de la realidad actual.
Personalmente conocí a Tim Berners-Lee en una conferencia que dio en Madrid hace unos 15 años en Ifema, y su discurso me impactó muy positivamente para comprender mejor las lógicas y premisas sobre las cuales se fundó internet, incluso en ese momento, planteó nuevas rutas para el futuro de la web que parecían muy prometedoras, pero de las cuales pocas se han cumplido hasta ahora.
En el análisis de Smith, para Tim Berners-Lee, uno de los pocos vestigios del ideal original que dio forma a Internet, es Wikipedia, que considera “probablemente el mejor ejemplo” de lo que aspiraba a crear.
Su propuesta para devolver el control a los usuarios es darles mayor dominio sobre sus datos mediante un “pod” universal llamado Solid (“social linked data”).
Este sistema, desarrollado inicialmente en el MIT, ofrecería un espacio central donde las personas podrían gestionar información que va desde datos financieros hasta historiales médicos o publicaciones en redes sociales.
En lugar de que esa información esté dispersa entre múltiples proveedores, todo el rastro digital se almacenaría en un repositorio privado único.
Solid puede parecer una solución casi milagrosa en una época marcada por el tráfico constante de datos y las filtraciones de seguridad. La posibilidad de que los usuarios vean y controlen “qué datos se generan sobre ellos” resulta atractiva.
No obstante, existen reservas comprensibles, como la idea de combinar datos médicos sensibles con información de dispositivos personales.
A pesar de las promesas de control y descentralización, los escándalos recientes sobre el uso indebido de datos como el de aplicaciones de seguimiento menstrual generan desconfianza.
Berners-Lee considera que centralizar los datos en un sistema como Solid podría ahorrar tiempo y mejorar la experiencia cotidiana en internet. Ha señalado que “un extraterrestre pensaría que es muy extraño tener que decirle a mi teléfono las mismas cosas una y otra vez”, refiriéndose a tareas como buscar vuelos en distintas aerolíneas.
Con Solid, desde los registros de vacunación hasta los pagos con tarjeta podrían integrarse en esa bóveda digital y conectarse con múltiples aplicaciones.
Berners-Lee cree que la inteligencia artificial ayudaría a aprovechar mejor esos datos, por ejemplo, relacionando planes de alimentación con gastos en supermercados.
Aunque es optimista sobre esa combinación, expresa dudas sobre la capacidad de los chatbots para manejar datos personales de forma segura y responsable.
En general, Berners-Lee se muestra reticente a regular la web, salvo en lo relacionado con adolescentes y algoritmos de redes sociales, donde sí ve una necesidad clara.
Defiende el derecho de los usuarios a controlar sus propios datos y confía en que Solid pueda reorientar la web lejos de su actual modelo extractivo.
Una compilación de las tres miradas
De las tres propuestas para transformar internet, la de Wu es la que ha mostrado resultados recientes.
Empresas como Google se han visto obligadas a compartir datos con competidores y enfrentan límites en el uso de sus sistemas para nuevos productos. Sin embargo, el contexto político actual de EE. UU. plantea dudas sobre la continuidad de la aplicación de leyes antimonopolio.
En un punto, Clegg podría imponerse: frenar la proliferación de leyes nacionales.
El presidente Donald Trump ha anunciado que usará aranceles para castigar a países que aprueben normas contra empresas tecnológicas estadounidenses.
Además, su postura sugiere que no habrá mayor regulación interna. De hecho, las plataformas parecen haberse fortalecido: Meta, por ejemplo, eliminó verificadores de hechos y flexibilizó la moderación tras la victoria electoral de Trump.
Cabe recordar que EE. UU. no aprueba una gran ley federal sobre internet desde 1996.
Si los tribunales no logran aplicar las leyes antimonopolio, la propuesta de Clegg de un acuerdo global liderado por EE. UU., con reglas comunes sobre datos y derechos humanos, podría ser la vía más rápida para lograr avances.
En Conclusión, no existe una solución única para los problemas que enfrenta internet. Pero los puntos en los que coinciden los tres autores mayor control para los usuarios, más privacidad y mayor rendición de cuentas por parte de Silicon Valley son objetivos por los que vale la pena luchar.
Lo cierto es que Internet hace mucho dejó de ser esa red abierta de datos colaborativo, para convertirse en un oligopolio de empresas californianas.
Nathan Smith es escritor y ha publicado en The Washington Post, The Economist y Los Angeles Times.







