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La sociedad del cansancio es el diagnóstico con el que el filósofo Byung-Chul Han describe nuestra época. Ya no nos disciplinan desde fuera, ahora por culpa de los desarrollos informáticos actuales nos exigimos solos a dar resultados, optimizarnos y estar siempre disponibles.
La hiperconectividad, las redes sociales y la inteligencia artificial aceleran esa lógica. Prometen liberarnos tiempo, pero elevan las expectativas, fragmentan la atención y nos convierten, sin darnos cuenta, en jefes y empleados de nosotros mismos.
Hiperconectados y cansados
Por: Gabriel E. Levy B.
Son las once y veinte de un martes cualquiera. Cierras el portátil, pero antes contestas un mensaje, programas tres correos para que salgan a las 7:45, le pides a una IA que redacte un borrador para mañana y, mientras te lavas los dientes, abres TikTok y un coach de productividad te promete duplicar tu rendimiento sin perder horas de gimnasio.
Apagas la luz. Tardas cuarenta minutos en dormirte.
Esta escena, repetida en millones de hogares conectados, es la imagen viva de lo que el filósofo surcoreano-alemán Byung-Chul Han describió en su libro “La sociedad del cansancio”, publicado en 2010.
Un sujeto que ya no necesita que nadie lo discipline porque se disciplina solo. Alguien que confunde la libertad con la coacción y que se quema persiguiendo una versión optimizada de sí mismo.
Quince años después de aquel ensayo, y tras recibir el Premio Princesa de Asturias 2025, Han volvió a insistir en una idea cada vez más difícil de rebatir.
Nos hemos convertido, dice, en herramientas del smartphone. Él nos usa a nosotros, no al revés.
La tesis de Han es elegante en su brutalidad.
La sociedad disciplinaria que Michel Foucault analizó (cárceles, fábricas, escuelas, manicomios, todas instituciones del “no debes”) ha sido sustituida por una sociedad del rendimiento regida por el “sí puedes”, el “sí se puede”, el “yes we can”.
El cambio no es liberador, es más sutil.
Cuando todo está permitido y todo parece posible, el sujeto se convierte simultáneamente en amo y esclavo de sí mismo. La libertad se transforma en una coacción, la del rendimiento.
El explotador y el explotado son la misma persona.
El jefe vive dentro.
De ahí que las patologías dominantes del siglo XXI ya no sean infecciosas, como las grandes epidemias virales del pasado, sino neuronales.
Depresión, ansiedad, burnout, déficit de atención, trastorno límite.
Son enfermedades del exceso de positividad, de un yo que se agota intentando ser ilimitado.
Los números acompañan la intuición filosófica con una contundencia incómoda.
La Organización Mundial de la Salud reportó en septiembre de 2025 que más de mil millones de personas viven con trastornos mentales, y que la depresión y la ansiedad cuestan ya cerca de un billón de dólares anuales a la economía global.
Entre la Generación Z, el 86% reporta haberse sentido quemado alguna vez y el 78% se confiesa adicto al móvil, con una media de seis horas y media diarias frente a la pantalla.
La inteligencia artificial generativa se vendió como la herramienta que, por fin, devolvería tiempo al trabajador. Está pasando exactamente lo contrario, y empieza a haber datos sólidos para sostenerlo. Una investigación de UC Berkeley publicada en 2025 mostró que el 67% de los empleados que adoptaron herramientas de IA ese año acabaron trabajando más horas, no menos.
Harvard Business Review confirmó en 2026 la correlación entre adopción de IA e intensificación del trabajo. Una encuesta de Upwork reveló que el 77% de los trabajadores siente que estas herramientas aumentaron su carga laboral.
Dominados por el Movil y las aplicaciones
Cada nueva aplicación eleva las expectativas de output y, con ellas, el suelo a partir del cual uno se siente perezoso.
El propio Han, sin demonizarla, ha advertido que el ser humano puede acabar convertido en esclavo de su propia creación.
El mapa se enriquece cuando se cruzan otras voces con la suya.
Jonathan Crary, en 24/7, describió cómo el capitalismo tardío ataca el último reducto improductivo del ser humano, el sueño.
Dormir, dice, es una de las pocas interrupciones que le quedan al robo de tiempo.
El dato del software de vigilancia laboral lo confirma desde otra orilla.
En 2025, según ExpressVPN, el 74% de los empleadores estadounidenses usaba ya alguna forma de monitoreo digital sobre sus empleados.
La autoridad francesa de protección de datos multó a Amazon France Logistique con 32 millones de euros por un sistema considerado excesivamente intrusivo. Trabajamos siempre, en todas partes, observados.
Shoshana Zuboff añade la pieza económica.
En La era del capitalismo de la vigilancia explica que la experiencia humana se ha convertido en materia prima de mercados donde se compran y venden predicciones sobre nuestro comportamiento.
Cada scroll o consumo compulsivo en redes, cada pausa, cada me gusta, alimenta modelos que luego nos venden de vuelta como recomendación, anuncio o pequeño empujón invisible. Han y Zuboff coinciden, desde tradiciones distintas, en una conclusión inquietante.
Nunca antes el poder había sido tan eficaz porque nunca había sido tan invisible.
Bernard Stiegler ofrece la palabra clave para entender el lado cognitivo del problema, la proletarización. Si en el siglo XIX el obrero perdió el saber hacer al ceder sus gestos a la máquina, en el siglo XXI estamos perdiendo el saber pensar al delegar memoria, atención y juicio en sistemas técnicos.
Resulta difícil leer hoy a Stiegler y no pensar en estudiantes que entregan trabajos generados por IA que no entienden, en periodistas que firman notas que no escribieron, en programadores que copian código que no sabrían depurar.
La IA promete ampliarnos. Demasiado a menudo nos atrofia.
Hartmut Rosa completa el cuadro con su teoría de la aceleración.
Vivimos acelerando lo técnico, lo social y el propio ritmo vital.
La paradoja moderna, dice, es que ahorramos tiempo a una velocidad inédita y, sin embargo, nunca tenemos tiempo. Su antídoto no es la lentitud, sino la resonancia, una relación con el mundo en la que las cosas, las personas y las ideas nos afectan y nos transforman, en lugar de pasar por nosotros como datos por un servidor. Hacemos mucho, sentimos poco.
Romper el ciclo infinito
Mark Fisher advirtió en Realismo capitalista que la enfermedad de nuestra época era la incapacidad para imaginar alternativas.
Pero algunas señales sugieren que las grietas existen. Francia reconoció el derecho a la desconexión digital en 2017, España lo consagró un año después y lo reforzó con la Ley de Trabajo a Distancia.
El llamado quiet quitting, que podríamos traducir como renuncia silenciosa, es esa actitud de trabajadores que dejan de regalarle horas extra a la empresa y se limitan a cumplir lo que dice su contrato.
Ni una llamada después de las seis, ni un correo el domingo, ni un proyecto adicional sin pago.
Visto con benevolencia, es la primera huelga de la sociedad del rendimiento contra sí misma. Una pequeña rebelión doméstica contra el mandato de dar siempre más.
La Unión Europea avanza también en regulación algorítmica. Es decir, en poner reglas a los sistemas automatizados que hoy deciden cosas tan delicadas como a quién contratar, a quién despedir, a qué repartidor mandar a tal zona o cuánto pagarle a un trabajador de plataforma.
California, por su parte, debate las leyes “No Robot Bosses”, que se traduce como «nada de jefes robot».
El nombre lo dice todo. Buscan ponerle límites a la idea de que un algoritmo pueda disciplinar, sancionar o despedir a un ser humano sin que medie criterio humano.
Aun así, conviene resistir el optimismo fácil. Más de la mitad de las empresas españolas incumplió la ley de desconexión digital entre 2024 y 2025.
La renuncia silenciosa convive en el mismo feed, en la misma cuenta de TikTok, con la llamada “hustle culture”, esa cultura del ajetreo permanente que glorifica trabajar dieciséis horas, dormir cuatro y dedicar las que sobran a un emprendimiento paralelo. Las propias plataformas, además, le encargan a sus algoritmos la tarea de protegernos de sus algoritmos.
Es absurdo escrito. Es más absurdo vivido.
Han no reparte recetas. Pero su obra reciente sí deja una brújula. Recuperar el aburrimiento, esa pausa improductiva donde la mente vagabundea y, a veces, encuentra cosas.
Recuperar la atención sostenida, leer un libro entero sin saltar al celular cada tres minutos. Recuperar el silencio. Dormir ocho horas como acto político, porque en una época que mide el éxito en cantidad de tareas hechas, descansar es una forma de desobedecer.
La obligación silenciosa de mostrar lo que hacemos, lo que comemos, dónde viajamos, qué leímos esta semana, como si cada gesto necesitara un anuncio.
Tratar la salud mental como asunto colectivo, además, y no como un fracaso privado que cada uno gestiona a solas con su psicólogo y una aplicación de meditación.
Protegiendo la vida íntima frente al self-branding
La expresión viene del inglés y se traduce literalmente como «auto-marca» o «marca de uno mismo».
Nace en el mundo del marketing corporativo y describe la operación de tratarse a uno mismo como si fuera un producto. Empaquetarse. Diferenciarse. Posicionarse en un mercado saturado. Tener un tono, una estética, un público objetivo, una propuesta de valor.
Lo inquietante es que esa lógica, pensada originalmente para empresas, se mudó a la vida personal sin pedir permiso.
Hoy se aplica a profesionales, a estudiantes, a adolescentes, a niños incluso. A cualquiera con un teléfono y una cuenta abierta.
Han lo describe con incomodidad. La intimidad, dice, era ese espacio donde uno podía existir sin ser observado. Donde había gestos que no le pertenecían a nadie más. Una cena con amigos sin foto.
Un libro leído sin reseña. Un viaje vivido sin postear. Un duelo atravesado en silencio. Una alegría compartida solo con quienes estaban presentes.
El self-branding disuelve esa frontera. Convierte cada experiencia en contenido potencial. Cada plato en foto. Cada lectura en cita para LinkedIn. Cada hijo en personaje secundario de la cuenta materna.
Cada ruptura, con suerte, en un hilo viral.
La presión no es solo estética. Es económica también. En una economía donde el alcance digital se traduce en oportunidades laborales, contratos, marca personal y, eventualmente, ingresos, no exponerse empieza a percibirse como una desventaja competitiva. Quien no publica, no existe. Quien no se muestra, no factura. Y así, sin que nadie lo ordene, terminamos administrando una vida pública en miniatura, con su calendario editorial, sus métricas de posicionamiento, sus rachas, sus formatos ganadores, sus horarios óptimos de publicación. Una pequeña empresa unipersonal cuyo único producto somos nosotros mismos.
Lo más sutil del fenómeno es lo que hace por dentro.
Cuando uno se acostumbra a documentarse, empieza a vivirse a sí mismo en tercera persona. Ya no come, planifica una foto del plato. Ya no viaja, edita un reel mental mientras camina. Ya no piensa, redacta un posible posteo. La experiencia inmediata se vuelve materia prima de un contenido futuro. El presente se aplaza. Y, junto con él, la posibilidad de estar simplemente ahí, sin guion, sin cámara interna, sin la pregunta permanente de cómo se verá esto contado.
Hay otro efecto, más callado, sobre la salud mental. Cuando uno es su propia marca, cualquier crítica se vuelve personal y cualquier indiferencia, devastadora. Un posteo sin likes ya no es un posteo flojo.
Es una herida narcisista. Una versión derrotada de uno mismo. Las plataformas, que conocen bien esa fibra, dosifican la validación con la misma técnica con la que una máquina tragamonedas dosifica la recompensa. Un poco hoy. Mucho mañana. Nada pasado mañana. Y el usuario, enganchado, vuelve. No tanto por vanidad. Más bien por necesidad de saber si todavía existe a los ojos del algoritmo.
Defender la vida íntima frente al self-branding significa entonces algo bastante radical en este contexto. Recuperar espacios sin testigos. Permitirse hacer cosas que no van a ser publicadas. Tener amistades que no aparecen en ninguna foto. Sostener proyectos largos, silenciosos, sin actualizaciones semanales. Aburrirse sin contarlo. Sufrir sin convertirlo en contenido inspirador. Reír sin que nadie lo vea. Vivir, en definitiva, una parte de la vida fuera del escaparate. Y entender que esa parte oculta no es lo que sobra después del trabajo de la marca personal. Es, casi, lo único que sigue siendo propio.
En resumen, la hiperconectividad y la IA están agudizando, no aliviando, la sociedad del cansancio que Han diagnosticó hace más de una década. Trabajamos más, dormimos peor y nos vigilamos solos. Pero entre el burnout normalizado y el realismo capitalista van apareciendo grietas. Leyes de desconexión, quiet quitting, regulación algorítmica. Leer a Han hoy no es nostalgia, es casi un manual de supervivencia.
Referencias
Crary, J. (2015). 24/7. El capitalismo tardío y el fin del sueño. Ariel.
Fisher, M. (2016). Realismo capitalista. ¿No hay alternativa? Caja Negra.
Foucault, M. (2002). Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión. Siglo XXI.
Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio. Herder.
Han, B.-C. (2014). En el enjambre. Herder.
Han, B.-C. (2014). Psicopolítica. Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder. Herder.
Han, B.-C. (2021). No-cosas. Quiebras del mundo de hoy. Taurus.
Han, B.-C. (2023). Vida contemplativa. Elogio de la inactividad. Taurus.
Harmony Healthcare IT. (2025). State of Gen Z mental health 2025. https://www.harmonyhit.com/state-of-gen-z-mental-health/
Harvard Business Review. (2026, febrero). The AI productivity paradox. https://hbr.org
Organización Mundial de la Salud. (2025, septiembre). Más de mil millones de personas viven con trastornos de salud mental: urge ampliar los servicios. https://www.who.int
Premio Princesa de Asturias. (2025). Acta del jurado del Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025: Byung-Chul Han. Fundación Princesa de Asturias.
Rosa, H. (2016). Alienación y aceleración. Hacia una teoría crítica de la temporalidad en la modernidad tardía. Katz.
Rosa, H. (2019). Resonancia. Una sociología de la relación con el mundo. Katz.
Stiegler, B. (2015). La miseria simbólica. Shangrila.
UC Berkeley. (2025). AI adoption and working hours: Empirical evidence from US workers. University of California, Berkeley.
Upwork. (2024). AI-enhanced productivity report. https://www.upwork.com
Zuboff, S. (2020). La era del capitalismo de la vigilancia. La lucha por un futuro humano frente a las nuevas fronteras del poder. Paidós.







