CABLEROS: DE LA PROSPERIDAD A LA INCERTIDUMBRE

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El final del siglo pasado marcaba el cierre de dos décadas de éxito y prosperidad para el negocio de la televisión por suscripción en América Latina. Las cifras eran inmejorables: el mercado crecía en la región a razón de casi el 30% anual; los márgenes de utilidad oscilaban entre 20% y 40%, dependiendo el país; el flujo de caja era constante, al igual que el recaudo; las tarifas, con la excepción de Colombia, cerraban por encima de los 18 dólares promedio; el Internet de banda ancha se dilucidaba como el futuro de la industria y las inversiones en el sector estaban en ascenso. La televisión por cable pasaba sin dudas por su mejor momento y las expectativas eran inmejorables.

Sin embargo, la llegada del siglo XXI representó lo contrario. La ecuación comenzó a cambiar de forma acelerada y en poco tiempo los números ya no cerraban, los márgenes de utilidad por encima del 20% se convirtieron en recuerdo del pasado, la demanda de inversión se aceleró dramáticamente y el negocio de Internet pasó de ser una oportunidad a un lastre inevitable.

¿Qué pasó en tan corto tiempo? ¿Cómo uno de los negocios más rentables del mercado de servicios pasó de la prosperidad a la crisis?

No hay una sola respuesta a estas preguntas, pero si hay algo en común entre ellas: además de los cambios marcados por la imparable ascensión de la economía digital, muchos proveedores de contenidos —los generadores de la programación— alteraron las reglas de juego para ponerlas a su favor, desequilibrando así todo el modelo de negocios de la televisión paga.

Por un lado, los proveedores de programación decidieron aumentar exponencialmente la oferta de contenidos; en menos de cinco años, muchos de ellos pasaron de ofrecer una o dos señales a más de 10, y otros, que ya ofrecían paquetes robustos de programación, duplicaron la oferta.

Dicha sobrepoblación de canales internacionales vino acompañada de un agresivo modelo de empaquetamiento que obligó a los cableros a comprar bloques completos de canales, ya que las tarifas quedaron diseñadas bajo un esquema de economía a escala, cuya viabilidad comercial está condicionada a la compra universal de los paquetes. De esta forma, la oferta de programación pasó de 50 o 60 canales a más de 200 en menos de una década, sin la posibilidad de aumentar las tarifas en la misma proporción.

La anterior explosión de canales desencadenó la equivalente respuesta tecnológica, la digitalización, pues ni la más robusta red construida con amplificadores de más de 750 mHz soportaba paquetes por encima de los 150 canales en analógico. Por tanto, a la inviabilidad de costos de programación se sumó la obligatoriedad de nuevas inversiones en materia de infraestructura tecnológica, para lograr la digitalización de las redes.

Este proceso a su vez obligó al uso de cajas receptoras digitales en cada usuario final, pues los televisores convencionales no estaban preparados para la decodificación digital. Esto representó costos muy elevados de inversión, ya que, aprovechando el salto digital, los operadores debían también migrar la oferta de servicios de contenidos de la calidad estándar a la alta definición (HD); de nuevo, no hubo la posibilidad de una equivalencia en las tarifas.

Como si lo anterior no fuera suficiente, el explosivo crecimiento de la banda ancha, la alta demanda de nuevos servicios por Internet y las múltiples políticas de acceso público a la red por parte de los gobiernos obligaron a los cableros a un dramático aumento en las velocidades de la Red, bajo presión regulatoria y de mercado para la estabilización de las tarifas. Es decir, los operadores de televisión por suscripción debieron aumentar exponencialmente las velocidades de acceso a Internet para sus usuarios, sin la posibilidad de aumentar proporcionalmente los costos del servicio.

El crecimiento de Internet no solo significó el aumento en la demanda del tráfico de los canales internacionales de acceso a la red, sino que exigió nuevamente grandes inversiones en tecnología. Los sistemas tradicionales DOCSIS sobre HFC —con los que se colonizó la banda ancha en Latinoamérica— quedaron obsoletos; la migración a DOCSIS 2 y 3 fue una necesidad imperiosa y los sobrecostos asociados fueron escandalosos, pues no solamente significó la migración de los sistemas MTS y Cablemodems, sino también el robustecimiento de la fibra óptica de las redes. Esto obligó a los cableros a implementar sistemas de Nodo+0, e incluso de fibra óptica hasta el domicilio del usuario, de nuevo sin que estos costos pudieran trasladarse a los clientes.

Como si lo anterior no fuera poco, la masificación del video por Internet comenzó a saturar dramáticamente las redes de los operadores; es decir que nacieron competidores que comenzaron a utilizar la infraestructura de los cableoperadores, saturar sus redes y competir por sus propios usuarios, sin pagar contraprestación alguna. Esto significó que toda la inversión en redes y tecnología terminó favoreciendo a competidores extranjeros que empezaron a ofrecer los servicios en las redes de los cableros, amparados en una versión estricta de neutralidad de la red.

Ante la inminente asfixia por inanición, los proveedores, aliados históricos de los cableros, decidieron jugar su siguiente carta: la migración hacia el modelo de distribución OTT. Esta, aunque inevitable, dado el flujo mismo de la historia de las comunicaciones, en vez de enviar un salvavidas se está convirtiendo en la espada de Damocles para la industria del cable. Los proveedores de contenidos han decidido vender su programación directamente a los usuarios, evitando a sus aliados históricos, pero utilizando sus redes. Este es el caso concreto de HBO, que recientemente decidió sacar al mercado HBO GO, un servicio que puede adquirirse sin necesidad de estar suscrito a una empresa de cable.

En conclusión, en menos de dos décadas el mercado de la televisión paga pasó de la prosperidad a la incertidumbre del mercado, lo que ha desencadenado la desaparición de prácticamente todos los pequeños jugadores, la amenaza a los medianos y la concentración de los grandes. Los números no cierran para ninguno de ellos y todos se mantienen a la expectativa de mejores tiempos; que llegarán solo si los proveedores de contenidos son capaces de mantener a los cableros como aliados estratégicos. No pueden perder de vista que los cableoperadores, por ahora, son quienes tienen real capacidad de penetrar el mercado de proximidad sin depender del sistema bancario.

Si, por el contrario, los proveedores de programación deciden mantener la ruta de migración hacia plataformas OTT, se atomizará el mercado de los contenidos. Es posible que todos pierdan: los usuarios que ya no tendrán soportes locales; los proveedores, que no tendrán acceso a las poblaciones no bancarizadas y de difícil penetración geográfica (mayoría en América Latina); los cableros que terminarán reducidos a ser ISP y los gobiernos, que perderán recursos que aportan las industrias locales en impuestos y la posibilidad de seguir regulando el mercado en favor de las poblaciones más vulnerables.

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